El derrumbe de los esquemas y estructuras de unas experiencias que identificaron propiedad estatal con propiedad social y, demasiadas veces, en nombre del socialismo ocultaron una realidad de imperialismo, despotismo y opresión, no debe hacernos olvidar dos preciosas aportaciones: su apoyo a significativas luchas de liberación nacional en el Tercer Mundo y las conquistas sociales.
No obstante, el análisis de la quiebra socio-política del modelo anterior trasluce la enorme complejidad del cambio social, estructurando sus aspectos contradictorios en torno a cuatro grandes ejes: la dialéctica entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción, la dialéctica: mercado-planificación, las cuestiones nacionales y el derecho de autodeterminación y todo lo referente a las libertades individuales y la participación.
El análisis de estos procesos muestra también las tendencias estratégicas de los futuros proyectos sociales. Mencionaremos en este sentido, el protagonismo de los pueblos (llenando por primera vez de contenido a la lucha antimperialista) que reivindican procesos constituyentes y civilizatorios propios, el protagonismo de la sociedad civil, la quiebra de los sistemas burocráticos de planificación centralizada, la crisis del dirigismo, la importancia decisiva de la ideología y la revalorización de la democracia participativa y de la autogestión.
No podemos olvidar que el proceso de transición ha estado definitivamente marcado por la sublevación de los pueblos oprimidos y pequeñas naciones contra las estructuras imperiales que se escondían tras el socialismo real. En este sentido, no sorprende observar como los pueblos mas pobres de la Unión Soviética como Azerbaidjan y los pueblos de Asia Central convergen con los mas ricos y de mayor conciencia social, como Lituania, Letonia, Estonia, o con los Eslovenos, Croatas, Bosnios, Macedonios y Albaneses de la Federación Yugoslava, para exigir juntos su libertad.
Esta aparición de las nuevas pequeñas naciones como sujetos de soberanía en la arena internacional, es sin duda el aspecto mas positivo del balance de la Perestroika y hay que valorarlo como un gran avance para los pueblos oprimidos y una gran riqueza para la humanidad.
En el terreno socio-económico, tras un período marcado por caídas de la producción superiores al -10% anual y brutales tasas de inflación, tendríamos que remarcar la desigual evolución de dos grupos de países.
En primer término estarían aquellos países como Polonia, Ex-Checoeslovaquia y Hungría,(que han conseguido algunas inversiones de multinacionales como General Motors, Wolkswagen, Fiat etc, y algunas entradas de capital Alemán) y de manera mas relativa los Países Bálticos y Eslovenia, en los que se vislumbra alguna posibilidad de recuperación.
En el segundo grupo ubicaríamos al resto de países de la Europa del Este y de la Ex-Unión Soviética, donde los problemas se acumulan y no se vislumbra ninguna recuperación. En este contexto, la Federación Rusa pretende jugar con su gran potencial económico-territorial, con el formidable aparato industrial-militar-nuclear heredado de la extinta Unión Soviética y con una pretendida legitimidad histórica, para erigirse en "gran potencia" regional.
En su conjunto, estamos asistiendo a la aparición de una enorme bolsa de nuevos desempleados/as (mas de 22 millones en 1990) y al empobrecimiento progresivo de un antiguo segundo mundo que hoy, cada vez mas, se articula con el Sur. Los planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional y las ayudas financieras del G-7 van encaminados precisamente a posibilitar la explotación de las reservas energéticas y yacimientos de materias primas de estos países por las empresas del Norte, a la compra de sus empresas y sectores económicos estratégicos, a la aceleración del proceso de privatización y al ahondamiento de su dependencia.
En el plano interno, este ha sido un proceso "donde los que perdieron ganaron" y la "antigua burocracia" que de manera jerárquica controlaba el poder y la sociedad mediante los mecanismos del sistema de planificación centralizada (por cuyo derrocamiento se movilizaron las masa populares) se ha convertido en la "nueva burguesía" que dirige los procesos de privatización y de transición hacia el capitalismo. Sin embargo, la gravedad de los problemas sociales y políticos creados en el proceso de transición están sirviendo para romper el hechizo de Occidente y originar una enorme dinámica política que está produciendo en algunos países (Hungría, Polonia, Ex-R.D.A., Lituania, Rumania, Bulgaria, Ucrania y en la propia Rusia) vuelcos espectaculares que pugnan por mantener o recuperar sus conquistas sociales y se traducen en cambios de la situación ideológico-política (dentro siempre todavía de los límites de la aceptación de la dominación de la economía de mercado).
Por otra parte, los nuevos aires Paneslavistas y la herencia de estructuras económicas desvertebradas y basadas en la dependencia de Moscú hacen que Rusia aparezca como el mayor enemigo de las independencias recién inauguradas. Los acontecimiento acaecidos en Georgia y últimamente en algunas zonas del interior de la Federación Rusa como Chechenia y Tartaria manifiestan peligrosamente la recuperación de la peor tradición del gran nacionalismo imperial ruso.